60 Ideas for Europe

Se sostiene que la formación es un factor fundamental para el desarrollo profesional, de forma que se está articulando un necesario sistema de “formación permanente”. Sin embargo, a efectos reales, las cosas no son totalmente así. Pongamos un ejemplo, para mayor brevedad y claridad:

Un trabajador que hubiera cursado 24 asignaturas (de una carrera de 25) y le faltara solamente una del primer ciclo, carecería de título suficiente para fundamentar cualquier pretensión de promoción. Además, se produce un flagrante caso de discriminación frente a otro trabajador que hubiera cursado tres años continuados y completos del primer ciclo en cuanto que este podría, podrá, acceder a un grupo B. Es decir, que 24 asignaturas, en casos, valen menos que 15. O para mayor exactitud: esas 24 asignaturas equivalen a 0.

Esta situación se agrava en el estatuto del empleado público (EBEP) de España, por ejemplo, al establecer que para acceder a un grupo B se requerirá el título de técnico superior. Es decir, que esas 24 asignaturas, de una carrera que puede ser muy compleja, están en total inferioridad de condiciones frente a unos estudios que en supuestos determinados pueden consistir en una año lectivo y otro de prácticas.

¿Cuál es el problema? A nuestro entender ese encorsetamiento del sistema de reconocimiento de títulos.

Si se ha validado el concepto de “crédito” para hacer más flexible la movilidad CONTINENTAL de esos conocimientos ¿por qué no hacerlo en el mundo de la empresa, principalmente pública? ¿Por qué para ese puesto de trabajo son más importantes los créditos de los tres primeros años de determinada carrera, que una cantidad superior de créditos IDÓNEOS?

Pongamos un ejemplo exagerado: ¿tiene sentido un sistema en el que no se pueda valorar a un trabajador que haya cursado tres carreras en las que le faltara una asignatura del primer ciclo en cada una de ellas? ¿Se puede admitir que 72 asignaturas sean invalorables por una mera cuestión formal y pronto en inferioridad de condiciones frente a la formación profesional?

Y al decir idóneos se hace con total consciencia: ¿no sería más práctico reconocer el número (el peso) de créditos sin otra limitación? ¿no permitiría que cada empleado configurara su formación académica y profesional con arreglo a sus necesidades laborales?

Si alguien necesita algo de la carrera A, algo de la B y algo de la C ¿por qué obligarle a cursar completamente A + B + C con la consiguiente pérdida de tiempo? o si alguien tiene 230 créditos discontínuos (y seguramente idóneos porque los ha escogido cabalmente) ¿por qué valorarlos menos que 150 continuados pero posiblemente inidóneos porque fueron ideados con una finalidad general y no la específica de cada puesto de trabajo? ¿No es ello un MECANISMO DISUASORIO PARA LA NECESARIA Y REAL FORMACIÓN LABORAL?

Un asunto sencillo se ha complicado tradicionalmente por una mera cuestión de procedimiento de estudio, primando el avance horizontal (curso por curso) frente al vertical, mediante itinerarios homogéneos (materias completas); por ejemplo, en derecho: administrativos, civiles, penales, constitucionales, mercantiles, procesales, etc. etc.

El reconocimiento de los itinerarios es otra de las grandes carencias en nuestro sistema de valoración (sin embargo, hay universidades como la OCU que sí reconocen esos itinerarios).

¿LA SOLUCIÓN? DESARROLLAR UN SISTEMA DE RECONOCIMIENTO DE CRÉDITOS, EQUIVALENCIAS E ITINERARIOS QUE PERMITA VALORAR LA FORMACIÓN ADQUIRIDA POR EL TRABAJADOR DE UNA FORMA FLEXIBLE, ATENDIENDO MÁS A LA IDONEIDAD DE LOS CONOCIMIENTOS ADQUIRIDOS (CONTENIDOS) CON RELACIÓN AL PUESTO DE TRABAJO QUE A LA ESTRUCTURA, A VECES ALEATORIA, DE LOS PLANES DE ESTUDIOS.

En los acuerdos de Bolonia se repite el concepto de flexibilidad, se habla de una universidad próxima al mundo de la empresa, de mecanismos ágiles de movilidad e intercambios entre facultades, de crear un sistema flexible de reconocimientos y adaptaciones; sin embargo, esa flexibilidad debe existir en los dos sectores implicados, es decir, en la universidad y en este caso, en la empresa pública.

Esto que puede parecer una cuestión menor puede ser de suma importancia para la creación de un trabajador realmente cualificado y motivado, con una formación IDÓNEA a su puesto de trabajo.

Finalmente: muchas propuestas no pueden prosperar porque se enfrentan a intereses corporativos; pero este no es el caso: precisamente tal reconocimiento significaría que las facultades no se verían sobrecargadas de alumnos que no persiguen ejercer la profesión que se imparte, ya que un porcentaje determinado de ellos no ocuparía plaza en las asignaturas que no les interesa.

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